Prólogo a "Diálogos con Áxel" por José María Mendiluce.

Me enfrento a una tarea difícil. Y me agito frente al ordenador, incapaz de saber si seré capaz de afrontarla con la dignidad que requiere la magnitud del reto. Fuera, cientos de pájaros lo llenan todo de alboroto, en este amanecer de primavera anticipada. He pasado la noche lleno de las emociones producidas por la lectura del texto que prologo, aunque no era la primera vez que me dejaba arrastrar por sus páginas, incapaz de frenar mi ansiedad por no desperdiciar ni uno de sus párrafos.

Me siento particularmente honrado por esta oportunidad de tratar de incentivarte a la lectura de este libro difícilmente clasificable entre los géneros al uso. Es un dardo al corazón y un puñetazo a las adormecidas neuronas de los que, como yo, vamos corriendo por la vida sin tener tiempo para nada, incapaces de comprender las vidas de los que no pueden casi moverse, y tienen tiempo de sobra, involuntariamente, porque su vida se ve reducida a muy pocos espacios, excepto los interiores.

José Antonio se ha rebelado contra el tiempo de sobra, y lo ha ido llenando de belleza intimista, de sensibilidad, de rebeldía positiva, de lucha contra la desesperanza ante una condena injusta, genética, brutal, que comparte con muchos miles de hermanos y hermanas. Ha ido ocupando ese lento arrastrarse de las odiosas agujas de relojes trucados, en duro combate existencial contra el miedo y la desesperanza, a lo largo de las fases tajantes de su vida. Y aquí tienes parte de ese viaje interior inacabado.

 

Reconozco que cuando hace ya muchos meses recibí su manuscrito, con la carta de acompañamiento, estaba escéptico. Me temía otra de esas respetables obras de concienciación, escritas desde posiciones religiosas o moralistas, con el apoyo de asociaciones de buena voluntad, que tantas veces me han enviado. Y lo digo con todo el respeto por sus autores y por sus promotores. Pero la novedad del enfoque, la altísima calidad de su contenido, la fina ironía y la sinceridad de su autor, me conmovieron como sólo sucede con la buena literatura, que va siempre mucho más allá del drama vital que puedan vivir sus autores.

Descubrí que no había un sólo párrafo inútil, de relleno, de esos que a veces usamos los escritores para dar espacios, para rellenar texto, para encubrir los momentáneos vacíos de nuestra imaginación. Esas pequeñas pérdidas de tiempo para ganar tiempo, que no se permite José Antonio porque sabe, aunque le haya dolido tantas veces, lo que vale el tiempo, su tiempo, una vez determinado a que no se le escape por los resquicios de la resignación. Resignación que no comparte su enfermedad inexorable y determinada, que pareciera no distraerse ante ninguno de los trucos con los que ha pretendido entretenerla el autor a lo largo de su vida de combate.

Me he sentido tan pequeño cuando leía este libro, tan egoísta y altivo, tan carente de profundidad y tan insensible, yo que me pensaba solidario y atento al dolor ajeno, del que he pretendido contagiarme tantas veces...Me has golpeado tan duro y tan rico, José Antonio, me has ayudado tanto a colocar algunas cosas en su sitio: mis desamores magnificados, los años que voy cumpliendo contra mi estúpida voluntad de una eterna juventud, los insultos o desprecios que recibo, el querer siempre más y más atenciones y ternuras...el buscar, en suma, un reconocimiento por supuesto inmerecido. Y acabo recibiendo todos los consuelos de ti, que te los mereces todos y de tu pluma, que me acaricia dulcemente con la sinceridad extrema de tus vivencias y de tus confidencias.

Que ningún lector espere de esta obra una superficial introspección sobre los síntomas progresivos y dolorosos de una enfermedad degenerativa. Ni un canto a la superación, por la vía de la resignación, de sus consecuencias. Sino una invitación generosísima a viajar de la mano de su autor por un mundo extraordinariamente rico y contradictorio, de aprendizajes constantes y de fracasos, porque la rebeldía constante no existe, y se te llena muchas veces de desesperanza. Y porque para rebelarte siempre, necesitas de algunos instrumentos, que a muchos se les van negando a cada paso.

José Antonio ha encontrado preciosos instrumentos de rebelión: Y entre ellos, este libro. Hacernos conocer su intimidad, sin falso pudor o dramatismo, aunque dramático haya sido el recorrido. No creo que logre expresar con palabras mi agradecimiento por todas las lecciones que en él se contienen. Es José Antonio en carne viva. Es un canto a la dignidad y a la vida, incluso desde la suya, brutalmente cercenada por la maldita injusticia de una lotería siniestra a la que nos exponemos todos...pero que les toca a algunas personas llenas de sueños y proyectos, como tú o como yo, que tienen que enfocarlos progresivamente sólo desde esos espacios, tan cercanos al alma, como son los de la inteligencia y el pensamiento, el de la creatividad, el de la palabra que comunica y transmite ese mundo interior lleno de esperanzas, pero también de pesadillas, de ilusiones adaptadas y de frustraciones constantes, en un aprendizaje permanente de la diferencia, que marca a hierro candente su futuro.

Gracias, José Antonio, por haberme ayudado a ser más feliz, por haberme mostrado tu coraje, por abrirme algunas grietas para la sensibilidad y la ternura, que no para la compasión que no buscas. Gracias por tu entrega a la ardua tarea de comunicarnos quién eres y cómo lo vas llevando. Gracias por permitirme escribir estas torpes palabras que espero logren llegarte como una caricia sincera.

Y a ti, afortunado lector, no te quito más tiempo. Sumérgete en las páginas de este libro colosal. Te aseguro que no serás el mismo cuando lo concluyas. No te precipites, saboréalo, te arrastrará solo. Y cuando lo acabes y te quedes impregnado de él, estoy seguro de que harás como (¿hacía?) José Antonio al terminar uno que le ha gustado: agradecido, besar sus tapas.

José María Mendiluce

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